Tag Archive: Inter-Rail



Son casi las dos de la mañana, del 10 de marzo de 2013. Casi cuatro años. Parece mentira, pero así es. Hoy vivo en Roma, y me dispongo a tratar de rememorar hechos, que no muy lejos de aquí acaecieron en Julio de 2009.

Esta entrada me sabe un poco a despedida, pues será la penúltima vez que en este blog hablaremos de aquel mágico verano. Es curioso, pues el principal motivo por el que iniciamos nuestro proyecto en conjunto, era el de contar nuestra experiencia. Más que contarla, dejarla para la posteridad, pues significó la culminación de nuestra amistad; un mes juntos, fuera de nuestras casas, sin más obligación que la de hacer de aquellos días, los mejores de nuestras vidas.

Después de aquel viaje las cosas cambiaron bastante; Virginia y yo terminamos definitivamente, Fernando empezaría con Cristina,  y Leopoldo poco a poco iría saliendo de nuestras vidas. Y no solo eso, nos separábamos; yo partía para Albacete para formarme como futuro médico, y Fernando empezaría una nueva vida en Madrid, que por azares del destino, le llevaría a desayunar mañana sí mañana también con Paco González y Pepe Domingo Castaño.

Reflexiones aparte, pues es mejor dejarlas para la última entrada, volvamos atrás.

Recogimos nuestras pertenencias de la consigna del camerunés y partimos con destino a Verona. Lo cierto es que no sabíamos mucho de aquella ciudad, de hecho, no tengo muy claro si por aquel entonces había leído ya Romeo y Julieta. Después de tantas entradas del blog, parece un cliché, pero he de decir que aquella ciudad me enamoró, y no creo que fuera el único.

Tras un viaje repleto de “Continentales”, el que podríamos decir que fue el pasatiempo del mes ( juego de naipes que he olvidado por completo) llegamos a la estación de Verona, que creo recordar, estaba bastante retirada de la ciudad, así que salimos en busca de un autobús. Cuando encontramos la parada, nos pusimos a hablar con un lugareño de unos 30 años, barbudo y con sombrero, con el que compartimos diferencias entre su dialecto, el chievo, y el castellano. Tomamos el bús y llegamos a la zona oeste de la ciudad, donde se encontraba el albergue de la juventud “Villa Francescatti”. Después de estar ya más que acostumbrados a dormir en la calle, el porqué de nuestra decisión de quedarnos en el albergue, hemos de buscarlo en google images; qué palacio! En la vida he vuelto a encontrar un albergue para jóvenes de esas características, ni siquiera el cinco estrellas de Ribadisso en el Camino de Santiago Francés. Costaba 17 euros, lo cual para nuestra mermada economía era un lujo excesivo, pero el lugar lo meritaba. Y allí sería donde conoceríamos a otro de los seres etraños del viaje, pero no era el último. No me acuerdo de cómo se llamaba, pero lo que si recuerdo es queera un ex-studiante de bellas artes y un cansino de cuidado. Pero el chico estaba solo y se nos acopló.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Dejamos las maletas y nos pegamos una reparadora ducha en los baños del segundo piso del albergue, que estaba en una de las esquinas del alazzo. Eran duchas comunales, divididas eso sí entre hombres y mujeres, y las mismas estaban rodeadas por ventanales, lo que nos procuraba la ducha con las mejores vistas que habíamos tenido en nuestras vidas.

Ya limpios nos echamos a andar y nos imbuimos en el ambiente de una de las muchas capitales del amor, siguiendo los escenarios de la obra shakespiriana; e balcón de Julieta, la casa de Romeo, la tumba de Julieta… Nos acercamos a la piazza dil mercato di Erbe, donde nuestro peculiar amigo desenrolló su libro de dibujos y nos dio una magistral clase de cómo crear tus propios recuerdos de cada lugar que visites. Resulta que en una visita a la India compró al precio de un euro, un cuaderno de dibujo, tamaño bolsillo, hecho con un papel parecido al pergamino, y lo que hacía era pararse en los monumentos y paisajes que más le agradaban a hacer un esquema en el que solo desarrollaba al completo aquellos detalles más particulares, dejando los motivos repetitivos para completarlos más adelante. Es un concepto complicado de entender, pero sumamente útil, pues hacía dibujos en 5 minutos que terminaba más tarde en el albergue.

También visitamos la Arena de Verona, y cerca esuvimos de comprar entradas para Turandot, que se representaba al día siguiente. Al final nos decantamos por ir y escuchar desde fuera con unas Morettis en mano, pues resultaba bastante más económico.

Nos fuimos pronto para el albergue, pues estábamos reventadísimos, y tras una horilla d hacer el Tonto en el jardín, subimos a la terraza a cenar una ya mítica lata de Baked Beans. La cena fue bastante curiosa, pues la cOmpartimos con el pesado de nuestro amigo y dos madrileños, a los que hoy día se les llamaría Hipsters, que estaban huyendo de un voluntariado en una granja ecológica en Nápoles donde los explotaban. Por cierto, decían de mí que tengo mucho Flow, lo cual nunca he terminado de entender. Nos fuimos a dormir y decidimos no poner despertador alguno para el día siguiente.

Amaneceríamos  eso de las doce de la mañana y tras otra preciosa ducha  continuamos con nuestra visita, subiendo al Castel San Pietro, desde donde disfrutamos de unas vistas inigualables de Verona, y dando un paseo por el teatro romano. No sé en qué momento nos pasó por la cabeza, pero divisamos una cruz negra en lo alto de un monte, junto a una edificación palaziega, y decidimos ir a ver de qué se trataba. Maldita la hora, pues estaba donde Cristo perdió el mechero, y además una anciana nos engañó para visitar el edificio, que no era más que la casa de un ex obispo de Verona que han debido santificar hace poco. En fin, una pérdida de tiempo. Sin embargo el barrio por el que bajamos era bastante bonito.

Gastamos el resto del día paseando, y cuando llegó la noche decidimos tomar una buena cena de despedida en un restaurante “bueno”, pues era nuestra penúltima noche del viaje, y la próxima no sabíamos si sería en una estación de tren, en una playa, un trozo de hierba… y tampoco teníamos muy claro si sería en Italia, Francia o Dios sabe dónde. Recuerdo que yo pedí una Pizza típica de Verona, que debía estar hecha con algo así como algas de río negras, que daban un asco que no os hacéis una idea. Pero devoramos todo, pues aunque asquerosa, era una de las pocas comidas cocinadas durante nuestro viaje.

Terminada la cena nos dirigimos de nuevo al albergue a prepararnos para un día de viaje infernal…



En la falda sur de los Alpes se encuentra uno de los pueblos con más encanto que puedo recordar. Tierra cuyo nombre conocíamos por el célebre matemático,

Bernard Bolzano – Fuente wikipedia.org

y que por siglos mantuvo con Trento una lucha encarnizada por la primacía de la zona y que hoy se reduce a cuál de las dos atrae más turistas y más visitantes en sus fiestas patronales, Bolzano fue una continuación de aquella sensación de libertad que poco antes disfrutamos en las montañas de Insbruck.
La llegada, tras un precioso viaje a través de los Alpes, no fue muy alagüeña, tónica ya de nuestro viaje; la estación era pequeña, en las afueras del pueblo, y la consigna quedaba fuera de la misma. Sin embargo esto último tuvo su encanto, ya que el encargado era camerunés y mantuvimos una interesante disputa sobre si Guardiola había hecho bien pasando de Eto’o y fichado a Ibrahimovic. Una vez llegado al centro del pueblo la cosa cambió.
Llegamos a la tarde, lo cual nos procuró el primero de muchos días a la roja luz del atardecer italiano, algo que yo hacía exclusivo de la Toscana, pero que unos cuantos días de descanso en Verona harían ver mi equivocación. Dios, ¡cuánto amo Italia!

Centro de Bolzano/ Fuente http://www.italianvisits.com


Nos dedicamos al paseo por sus anchas calles de edificios de apariencia amarfilada y señorial, y cuando llegamos a la plaza del pueblo descubrimos un escenario montado y montones de mujeres de color, cuyas anchas y bamboleantes caderas nos indicaron su procedencia carioca; efectivamente, esa noche era la fiesta patronal de Bolzano.
Con el sol ya casi desaparecido salimos de la plaza por una calle descendente, donde encontraríamos otro de los amigos que nos acompañaría el resto del viaje. De hecho aún está en mi cajón de recuerdos del interrail: un paquete de tabaco de liar, con papel, filtros y un mechero dentro. Ninguno fumábamos, pero los días que nos quedaban nos procurarían un buen puñado de momentos propicios para un pitillo.
Como ya he dicho, la noche nos alcanzó. Y no teníamos sitio donde dormir, una vez más. Salimos del centro del pueblo en dirección a las montañas y encontramos un parque atravesado por un rio, cuya orilla se encontraba tapada por árboles que creo recordar que eran chopos: el lugar perfecto para pernoctar.
Solucionado ese gran problema, volvimos a la verbena, cerveza y pitillos en mano y dispuestos a mover las caderas imitando a aquellas bellas aunque algo rellenitas señoras del Brasil. ¡Gran noche amigos! A partir de aquel momento tengo poco recuerdos, pero el dolor de cabeza del día anterior me da alguna pista.
Algo ebrios , a altas horas nos fuimos a nuestro parque, en cuyo centro encontramos una tienda de campaña cerrada a cal y canto. Pobres amantes, pensaban que aparte del frío, la tela aísla del ruido.
Bajamos a nuestra orilla, extendimos la manta térmica que había salvado de más de una a Leopoldo, y nos echamos a dormir, Leo a la izquierda, Fer en el centro y yo a la derecha, los tres tapados con el saco de Fernando. Al poco caí derrumbado, y a eso de las 9 de la mañana del día siguiente Fernando me despertaría enfadado. Apenas había podido dormir, pues en cuanto me dormí les quité el saco y me enrollé en él, consiguió conciliar un poco el sueño y se despertó porque se había deslizado hacia abajo y sus largas piernas habían caído en el río. Al poco de amanecer despertó, y, aliviado al ver que nuestro compañero de color también había despertado se fue a hablar con él. Sin embargo a los pocos minutos, Leo se engancharía al teléfono para hablar con su novia, así que Fernando estaría más de una hora solo, soñoliento, medio resfriado, y con un hambre de caballo.

Me despertó, tomamos nuestro ya clásico frugal desayuno compuesto por una galleta de chocolate, que abríamos, lameteábamos el chocolate de dentro y cuando ya estaba peladica, nos la metíamos a la boca. Dimos un último paseo por las afueras montañosas del pueblo y nos fuimos a la estación. Siguiente destino, Verona.

P.D: esa noche me llevaría otro gran recuerdo del viaje; al levantar descubrí que a pocos centímetros de mi cara había una jeringuilla usada tirada, pero es que unos metros más allá había un puente, bajo el cual había un par de vagabundos rodeados de estas últimas. ¡Qué suerte no haberme movido mucho, pues me salvé por my poquito! Sin embargo nada me libró de que una malditas arañas llenaran mi cuerpo de picaduras…

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Adrián Cardo Miota
@CardufoDaConca


Nuestra llegada a Innsbruck vino provocada por nuestro afán de conocer la mítica cordillera de los Alpes, y estando en Munich la cuestión tenía fácil solución.

El viaje en tren hasta Innsbruck fue sin duda el más bonito de nuestro periplo europeo; ferrocarril entre montañas con las vías colocadas sobre pendientes imposibles y circundados de un verdor paradisíaco.

Nuestro plan era muy sencillo, llegar a Innsbruck dejar mochilas en consigna y tirar montaña arriba hasta encontrar un lugar apropiado donde pasar la noche. Preferiblemente una pradera como la que tantas veces hemos visto en la tele.

Tan decididos íbamos que el cielo que ya había descargado en Munich volvió a hacerlo sobre la ciudad austríaca y nos quitó las ganas cuando ya llevábamos andado un rato. Esperamos resguardados en un portal a ver si amainaba, pero la lluvia no solo no remitía, sino que acrecentaba su caudal por minutos.
Desistimos de nuestro plan y regresamos calados por donde habíamos venido.
Entramos a calentarnos a una casa de apuestas regentada por marroquíes donde vimos un partido de pretemporada del F.C.Barcelona.

Sin rastro de alberges juveniles y no queriendo dilapidar el poco dinero que nos quedaba, decidimos pasar la noche en la estación como mínimo hasta que dejara de llover. Aunque a simple vista parezca que esta idea no depararía nada interesante, la noche resultó muy entretenida.

La sala de espera de la estación de Innsbruck era un pequeño cuarto acristalado con dos pares de bancos metálicos. Al llegar estábamos solos así que decidimos tirarnos al suelo a ver si dormíamos un rato, pero ¡ay! Ilusos nosotros que no contábamos con el guardia de seguridad que pululaba por la estación y que nos devolvió a los incómodos asientos bajo amenaza de expulsarnos de la estación. El por qué de tan poco amistoso comportamiento no lo supimos, aunque más adelante cuando fueron unas chicas las que siguieron nuestro ejemplo el “segurata” no les dijo nada.
Al rato apareció un musulmán con turbante incluído y nos pidió que le guardáramos su maleta unos minutos que ahora volvía. Nosotros aceptamos aunque ante su tardanza nos asaltaron las dudas de si volvería o de qué demonios contendría aquella maleta. Cuando la curiosidad estaba a punto de vencernos regresó su legítimo dueño, como recompensa por la fiera defensa de su maleta trajo una pizza que compartimos antes de despedirnos para siempre.

Erguidos sobre los férreos asientos intentamos dormir como pudimos. Yo conseguí dormir durante un rato y solo fui despertado por las bofetadas de un yonqui que me amenazaba pasándose el dedo por el cuello. Yo tragué saliva ante la estupefacción de mis amigos, pero el visitante tal como vino se fue.
En ese despertar descubrí en la esquina opuesta un hombre que sonreía divertido. Tendría unos 40 años, viajaba con una mochila y una guitarra, llevaba chanclas, pantalones de colores y una vieja camisa ajada. Su cara estaba poblada de una barba de semana y un pelo blanquecino y enmarañado. Todo esto le daba un gracioso aspecto de hippie-aventurero.

Hicimos migas con aquel señor, que decía llevar viajando por el mundo desde los 14 años, de cuna venezolana aunque como él decía, en realidad era hindú… “hindúcumentado”. Odiaba el capitalismo y la globalización, decía hablar 7 idiomas y sostenía que cada día un ajoen ayunas curaba cualquier cáncer. Iba hacia Oporto a ver su hijo recién nacido. Hijo fruto de una noche junto a una portuguesa a la que había conocido en Polonia cuando ella estaba de Erasmus. Nuestro amigo estaba decidido a llevarse a su hijo a la selva, para librarlo de las influencias imperialistas y del domino yanqui, pero para eso primero tendría que lidiar con la madre. Por último nos reveló que viajaba siempre sin billete, y que al no tener domicilio fijo las multas nunca se le podían imputar. Al rato se fue a coger su tren y nos quedamos solos nuevamente.

Volví a dormir un rato pero me desperté sobresaltado cuando una señora anciana que se había dormido en su silla de ruedas se cayó sobre mí. Decidí que este sería la última vez que alguien me despertara así que nos fuimos de allí.

El reloj marcaba las 6 de la mañana y el cielo aunque oscuro todavía estaba carente de nubes. Empezamos a andar tranquilamente y dos horas después estábamos en la montaña. Tras caminar un rato encontramos un prado de cuento, que nada tendría que envidiar a los de los dibujos de aquella niña repipi de nombre Heidi. Si quisiéramos volver a buen seguro no llegaríamos puesto que encadenamos varios senderos a nuestra elección, atravesamos riachuelos e hicimos parte del camino campo a través, así que la localización de aquel lugar idílico siempre será una incógnita.

Adrián y yo caímos rendidos al sueño hasta que 4 o 5 horas después con el sol ya en lo alto nos desperezamos y descubrimos a nuestro escudero Leo hablando con su novia de aquel entonces. Es una sensación increíble despertarte así, en medio de la naturaleza rodeados de cumbres con las nubes bajísimas y viendo toda la ciudad bajo nosotros. Tras esto bajamos y tomamos un tren. No sabíamos muy bien hacia donde ir así que cogimos el primero que nos llamó la atención y siguiendo hacia el sur nos fuimos a la localidad italiana de Bolzano, una de las grandes sorpresas del viaje y que fue un tremendo acierto.

Posdata: En nuestra subida a la montaña se unió a nuestra expedición un nuevo amigo que nos acompañaría varias jornadas y con quien yo personalmente compartí momentos muy íntimos. Me refiero a Palo, quien fue creado en Innsbruck, tomó cuerpo en Bolzano y en Verona siguió el viaje por su cuenta.

Fernando Guardia O’Kelly
@Fer_Guardia


Como sabéis, nuestros fieles lectores, nuestro itinerario se había visto alterado. Yo personalmente deseaba con ahínco visitar los Alpes así que en un improvisado cambio de rumbo, nos dirigimos hacia Austria, pero a medio camino nos detuvimos en Múnich.Image

 Múnich es una ciudad que nada tiene que ver con Colonia o Berlín. Es la capital de Baviera, y eso ya implica que sea totalmente diferente, no sólo en cuanto a fisionomía, sino también en cuanto a ideología, mucho más conservadora e históricamente más rica y noble,

 

 La ciudad bávara está cerca de los Alpes, que se ven desde la misma. La arquitectura está compuesta por edificios bajos, y callejuelas interesantes, de hecho existe una normativa que prohíbe construir edificios de más de 100 metrospor lo que la torre dela Catedral y la del ayuntamiento dominan el panorama. Mucho edificio en piedra, mucho adoquín, plazas con centros florales… A mí me gustó mucho, aunque es una de esas ciudades en la que tampoco vimos nada en particular.Image

 

 De Colonia habíamos partido muy pronto, de madrugada, y aunque eran varias horas de viaje, llegamos pronto a Múnich. Del viaje, resaltar que compartimos compartimento con un hombre de negocios alemán que nos iba explicando la actualidad del mercado germano mientras atravesábamos Alemania de punta a punta, incluido un pequeño paseo por la Selva Negra. Lo primero que hicimos fue ir en busca de un albergue, pero ¡sorpresa! No había hueco en ninguno de ellos, así que resevamos para la noche siguiente y decidimos buscarnos la vida esa noche.

 Empezamos nuestra peregrinación por la ciudad y después de visitar la Catedral comimos y nos echamos en un jardín justo detrás de la plaza del ayuntamiento. Caímos dormidos al poco tiempo y el despertar no fue de lo más plácido; levantamos sobresaltados cuando un grupo de jóvenes indios nos rodeaba jugando a la pelota con nosotros como objetivo, y con un buen cabreo huímos de allí. Pero antes de irnos, un anciano italiano de nombre Gino nos ofreció su casa para dormir, rehusamos con cortesía, aunque la verdad es que deberíamos haber ido. El verdadero viajero debe fusionarse con el entorno y la mejor manera es acercarse lo más posible a las gentes.

 Esa tarde continuamos viendo la clásica ciudad de Múnich, hasta que fuimos a parar a los Jardines Ingleses, típico parque que hay en muchas ciudades europeas con enormes zonas de césped, esculturas de setos, fuentes y macizos de flores. En medio del mismo había una cúpula, cúpula que nos vino de maravilla puesto que en ese momento empezó a llover de nuevo

En esa misma cúpula recuerdo que un guitarrista callejero interpretaba temas de Los Beattles con cientos de espectadores jaleándole y vaciandose los bolsillos al paso de su gorra.

Cuando nos dio un respiro la lluvia, retornamos al casco viejo y unas esculturas de bronce nos revelaron que acababamos de llegar de improviso al Museo dela Caza y la Pesca, y como no teníamos nada que hacer hasta la cena, entramos. El museo era muy entretenido pero nada reseñable excepto por una zona de aberraciones compuestas por distintas partes de distintos animales.Image

 

Tras esto, visitamos la Bürgerbräukeller, cervecería donde Hitler dio su celebre Putsch, que le condujo a prisión como preludio a la escritura de Mein Kampf. Cuando empezó a atardecer nos mezclamos con las gentes y disfrutamos del ambiente musical de las calles donde un cuarteto de cuerda interpretaba el Canon de Johann Pachelbel.

Esa noche nos ocurrió unos de los acontecimientos más miserables del periplo europeo. Tras cenar una salchicha Low Cost, nos sentamos en un bordillo a dilucidar nuestro destino del día siguiente, y, cómo de penosas no serían nuestras pintas, que un grupo de chavales nos dieron una limosna, entre la carcajada general. Nosotros no sabíamos si reír o llorar, pero finalmente cogimos las monedas y las invertimos en una botella de agua porque ¡maldita sea! en estas ciudades del diablo no saben lo que es una fuente.

 El plan trazado de dormir en la calle se truncó por completo cuando nuevamente empezó a llover, así que decidimos intentar pasar la noche en los sofás de un albergue, aunque pronto vimos que era imposible. Vistas las contrariedades a las que nos enfrentábamos buscamos un hotel y dormimos allí. Para ser un hotel, el precio fue inmejorable, 25 euros la noche con desayuno, además  la perspectiva de dormir solos, ducharnos solos y estar un poco más tranquilos nos cautivó.

A la mañana siguiente, tal y como si fuéramos aves de rapiña, arrasamos con el desayuno y nos aprovisionamos para la comida así como de cuantas toallas nos cupieron en la mochila, por lo cual es evidente que amortizamos nuestra estancia.Otro preciado objeto que sustrajimos fue una almohada que nos acompañaría hasta Avignon, en nuestro último día por Europa. Gran momento, lanzando Leopoldo y yo cosas por la ventana del hotel para que las recogiera Fernando abajo.

 

Al día siguiente madrugamos para visitar DACHAU. La visita merece una entrada propia, porque nos causó una impresión enorme.

Tras retornar a Múnich, la noche previa a la gran visita  Alpina, dormimos en un Hostel. Nos acostamos pronto y nos dormimos rápido, y pasadas las 3 nos despertó un grupo de americanos borrachos eructando y berreando. Yo les rogué silencio a lo que contestaron tirándose un pedo a pocos centímetros del rostro Leopoldo. Aun no sé como no salimos a palos aquella noche.

A a la mañana siguiente nos esperaba uno de los trayectos en tren más bonitos de todo el tour europeo, con destino Innsbruck.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.


Fernando Guardia O’Kelly
@Fer_Guardia


Parece mentira, pero ya han pasado tres años de aquel día que arribamos en Alemania. Y en todo este tiempo, nunca he deseado más repetir aquella aventura como este verano. Y no es para menos, ya que tanto mi cuerpo como mi mente (más ésta última) están ya en Roma y en los muchos viajes que haré en mi Erasmus.
Bueno, volvamos a 2009…
Abandonamos el Mafkees a mediodía deseando encontrar albergues a precios similares (nunca más sucedió), y montamos en tren rumbo a Alemania. La poca organización que hicimos previa al viaje fue repartirnos la búsqueda de información sobre los países que visitaríamos; Adrián Francia, Fer Bélgica y Holanda y Leopoldo Alemania. Pues Leo se llevó la palma en cuanto a la dejadez y la desorganización; apenas llevaba un folio con dos o tres nombres apuntados, mientras que, por lo menos, nosotros llevamos guías de viaje de nuestros destinos asignados. Un hecho que unos días después haría que diéramos un giro de 360 grados a nuestro viaje.
Tras el ya tradicional paso por consigna, salimos de la estación y nos dirigimos a la catedral gótica de la ciudad, una espectacular mole negra, cuyas torres de altura desmedida dan la impresión de que el templo es extremadamente estrecho. Visto que no se advertía ningún edificio de similar altura, decidimos subir al campanario para hacernos una pequeña idea de lo que aquella ciudad escondía. ¡Y vaya subida! Al alcanzar el último piso y asomarme a una de las celosías de la torre, encontré una pintada de uno de aquellos que hacen que nuestra tierra la mofa de toda Europa: un español estuvo aquí, viva la roja!. Palurdo. La vista era interesante, y recomiendo acercarse, pues, como ya he dicho, en la ciudad no encontrarás una visión de Colonia tan completa como aquella.

Bajando ya a tierra firme nos dedicamos a callejear, y viendo que el cielo empezaba a encapotarse aconsejé buscar un albergue. A Fer le resultaba indiferente, pero Leopoldo estaba encabezonado en dormir al raso, pues nuestra economía había mermado bastante durante nuestra estancia en Holanda. Tras discutir acaloradamente, accedí a dormir en la calle, aun a sabiendas de la que se nos vendría encima. Nos acercamos al río, y disfrutamos de un bonito paseo por los Jardines del Rín,. Como ya era tarde, cuando llegamos al museo del chocolate, anclado en un espigón que se adentraba en el río, éste había cerrado, así que cruzamos por un puente y seguimos callejeando mientras conversábamos sobre los fichajes del Barça y el Madrid, aguantando los argumentos de Leopoldo intentando convencernos de que Agüero era mejor que Messi.
Realmente para mí Colonia fue la gran decepción del viaje. Es una ciudad que antaño debió ser bonita, pero que fue completamente devastada en la Segunda Guerra Mundial. Lo cierto es que comparándola con Brujas o Amsterdam, a Colonia le falta algo. Ese algo que hizo prendarnos de los canales de Amserdam, de los rojos tejados de Brujas, o de la ginebra de guindillas de Gante…
Tras pasear por la ribera este del Rin y llegar hasta el estadio del KÖLN, donde un cartel de 20 metros nos descubrió que Podolski había abandonado el Bayern para defender los colores de su nueva ciudad, la noche era ya cerrada, y emprendimos la vuelta hacia el que sería nuestro primer colchón aquella noche.
Parece pueril, pero recuerdo más la conversación por teléfono con mi para ya entonces exnovia , que las calles de aquella ciudad. Cuando recuerdo las imbeciladas que hice por aquella relación caduca, me dan ganas de volver atrás en el tiempo y darme una buena tunda de palos.
Nos echamos a dormir en un trocito de césped de los jardines, al lado de una terraza en la que ebrios alemanes chocaban sus jarras de cerveza de a litro. Por ello decidimos hacer guardias, y echándolo a suertes me tocó la primera. A los cinco minutos decidimos pasar de la vigilia y dormitar como vagabundos en aquel verde colchón. Recuerdo que tardé muy poquito en caer. Y sabe Dios cuánto tiempo después empecé a notar cómo me pateaban el costado. Era Leopoldo; había comenzado a llover, teníamos que huir. Y vaya si llovía, litros y litros de agua hacían a los jóvenes rubios muchachos buscar un refugio en los soportales, oh suertudos, nosotros no buscábamos un lugar para capear el temporal, buscábamos un lugar donde dormir. Fue una noche bizarra; nos echaron de un portal, huimos de un túnel al que llegaron unos borrachos con bates de baseball, tratamos de dormir de pie en la puerta de un chino cerrado… Hasta que decidimos volver a la estación, pasar la noche allí y coger el primer tren para salir de aquel infierno. Cerrada. Cansados ya de tanto penar decidimos echarnos en la puerta de una sucursal del Deutsche Bank que había al lado de la catedral. Aquella fue la primera noche que yo dormía navaja en mano. Era una doble navaja, con una cuchilla de afeitar en un lado y una hoja de acero al carbono en el otro, de cachas rojas que había comprado en un mercadillo de antigüedades en Amsterdam (mercadillo que olvidamos mentar en nuestra entrada sobre Amsterdam, del que nos echaron después de que Guardia se pusiera un casco de soldado soviético y empezara a vociferar tratando de emular el gutural idioma siberiano). Yo, como tantas y tantas noches al raso durante el viaje, caí en cuanto tomé la horizontal, siempre con mi navaja en la mano, y tratando de calmar la ira que volqué durante toda la noche sobre Leopoldo: pasamos una noche de perros por ahorrarnos unos euros, aun sabiendo que llovería.
Lo cierto es que a día de hoy me alegro de que no fuéramos a un albergue. Fue una de las noches que más nos gusta recordar cuando hablamos a la gente de nuestro viaje.
Madre mía. Uno de los días más cortos del viaje, y en el que menos cosas vimos y me ha ocupado dos folios. Siento si os he aburrido, un abrazo!

El pase de diapositivas requiere JavaScript.


P.D: anteayer hizo tres años desde que empezáramos nuestra aventura…

@CardufoDaConca
Adrián Cardo Miota