Y, como todo lo que empieza, tiene que terminar…

 

El acontecer de nuestros últimos dos días de interrail es bastante aburrido, pues, si mal no recuerdo, fueron dos jornadas de continuos regionales y transbordos por Italia. Personalmente para mí fue un último viaje de contradicciones, pues de un lado ansiaba dormir y comer decentemente, pero del otro, nuestra gran aventura tocaba a su fin. Quien diga que es fácil vivir tres semanas fuera de tu casa, sin dinero, hacendera, ni rumbo predeterminado, es un ignorante. Ahora bien, quien se niegue a realizar una estupidez del genero, a ese, pobre de él.

Tomamos el primer tren, destino Milano, donde haríamos transbordo para llegar después a Torino. De este trozo del viaje me acuerdo especialmente, por el maldito regional que nos llevo. Teníamos abierta la ventana, y cada vez que nos cruzábamos con otro tren, aquello parecía venirse abajo. Si te adormentabas, poco después una taquicardia de narices te despertaba. Llegados a la capital de la Vechia Signora, nos dispusimos a pasear por el centro, y poco fue, puesto que solo nos dio tiempo a ver la catedral, y de lejos, pues nuestro tren salía minutos después.

Así fue como llegamos a Ventimiglia, pueblo frontera con Francia, que haría las veces de aposento para tres españoles nostálgicos y malolientes. Llegamos de noche, y, de nuevo con lo puesto, tomamos dirección a la playa, parando antes por un “paqui” 24 horas, donde compramos una botella, no de Limoncello, sino de Limoncino, con la que despedir nuestra estancia en Italia, y casi nuestro viaje.

La playa era de guijarros, y desde tan privilegiado lugar, pudimos disfrutar de la vista de Niza y Cannes, que forman el recodo que separa Italia del golfo de Lyon.

Noche de historias, de recuerdos, de promesas para el futuro que a la postre no se realizarían. En líneas generales, noche de amistad. Fernando sería el primero en caer, y no se librò de ser enterrado entre piedras, mientras Leo y yo disfrutamos de una de nuestras últimas conversaciones sobre el sentido de la vida (me gustaría oír esas conversaciones de nuevo. ¡Malditos/benditos estúpidos pretenciosos…!)

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Nos dormimos, y el Lorenzo matutino nos llamaría a formar en la estación. Teníamos algo de tiempo antes de que se terminara nuestro Global Pass, asíque tuvimos que decidirnos entre Avignon o Toulouse, y elegimos el primero.

Nos bajamos en una estación futurista, y nos dirigimos al centro medieval de Avignon, que en menos de un par de horas nos cautivaría, pero del que poco o casi nada recuerdo, a excepción de un gran mercado de antiguedades y muñecos de Asterix y Obelix.

Con poco tiempo que perder, pues el cronómetro iba en nuestra contra, tomamos un autobús que nos llevaba a la estación, y en ese mismo automóvil abandonamos a otro de nuestros compañeros del último tramo de nuestro viaje; la almohada que robamos en el hotel de Munich.

El tren nos dejó en la última parada para la que nos servía el billete del Inter Rail; Cerbere, dondee nos recogería la Tia de Fer.

Pueblo feo como pocos, y estación de periferia como tantas. Mientras esperábamos a Pilar, conocimos al hijo holandés perdido de Bob Marley, al brasileño con el Digueridù, y al sino fantasma, al menos hermano de Curt Kovain. Que panorama amigos, lo menos que esperabamos de aquella situación es que nos robaran… ¡Ah! Casi lo olvidó, en aquella estación Fernando consumió la última de nuestras latas de Baked Beans de garrafón que portábamos desde Austria.

Llegó la dicharachera tía de Fer, y nos conducía hasta Barcelona, a unos 70 km por hora, escuchando un cd de Woodstock que Fer compró en Avignon… Sin embargo la espera mereció la pena, pues nos llevó a su casa en Casteldefells, donde poco antes había vivido Ronaldinho Gaùcho… (La familia de Fernando es más que particular).

Tras compartir lecho con Fer (no sería la última vez en nuestras vidas), tomamos tren con destino a Valencia, donde hicimos transbordo hasta nuestra amada Cuenca. El cúmulo de sensaciones que me abordó en el momento en el que bajé el último escalón del tren es indescriptible, y la cara que pusieron nuestras madres al vernos solo es entendible viendo nuestra última foto del viaje.

Y así fue como tres conquenses dimos por concluida nuestra Interrail.

Hubo momentos de todo tipo, tanto buenos como malos, pero, con el tiempo, hemos sabido exprimir estos últimos hasta extraer la esencia, cambiando de color estos últimos, pues hasta las penurias no son ahora sino nuestro mayor orgullo; lo hicimos, jóvenes e inexpertos lo conseguimos. Seguramente si lo hiciéramos ahora, cambiaríamos muchas cosas (la primera de ellas sería, sin duda, hacer uso de la cultura Couch Surfing). Sin embargo creo que hicimos las cosas como debimos hacerlas, pues de otra forma no hubiera sido nuestro viaje, nuestra experiencia, nuestra, ya mentada tantas veces, Gran Aventura.

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@CardufoDaConca

Adrián Cardo Miota

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