Son casi las dos de la mañana, del 10 de marzo de 2013. Casi cuatro años. Parece mentira, pero así es. Hoy vivo en Roma, y me dispongo a tratar de rememorar hechos, que no muy lejos de aquí acaecieron en Julio de 2009.

Esta entrada me sabe un poco a despedida, pues será la penúltima vez que en este blog hablaremos de aquel mágico verano. Es curioso, pues el principal motivo por el que iniciamos nuestro proyecto en conjunto, era el de contar nuestra experiencia. Más que contarla, dejarla para la posteridad, pues significó la culminación de nuestra amistad; un mes juntos, fuera de nuestras casas, sin más obligación que la de hacer de aquellos días, los mejores de nuestras vidas.

Después de aquel viaje las cosas cambiaron bastante; Virginia y yo terminamos definitivamente, Fernando empezaría con Cristina,  y Leopoldo poco a poco iría saliendo de nuestras vidas. Y no solo eso, nos separábamos; yo partía para Albacete para formarme como futuro médico, y Fernando empezaría una nueva vida en Madrid, que por azares del destino, le llevaría a desayunar mañana sí mañana también con Paco González y Pepe Domingo Castaño.

Reflexiones aparte, pues es mejor dejarlas para la última entrada, volvamos atrás.

Recogimos nuestras pertenencias de la consigna del camerunés y partimos con destino a Verona. Lo cierto es que no sabíamos mucho de aquella ciudad, de hecho, no tengo muy claro si por aquel entonces había leído ya Romeo y Julieta. Después de tantas entradas del blog, parece un cliché, pero he de decir que aquella ciudad me enamoró, y no creo que fuera el único.

Tras un viaje repleto de “Continentales”, el que podríamos decir que fue el pasatiempo del mes ( juego de naipes que he olvidado por completo) llegamos a la estación de Verona, que creo recordar, estaba bastante retirada de la ciudad, así que salimos en busca de un autobús. Cuando encontramos la parada, nos pusimos a hablar con un lugareño de unos 30 años, barbudo y con sombrero, con el que compartimos diferencias entre su dialecto, el chievo, y el castellano. Tomamos el bús y llegamos a la zona oeste de la ciudad, donde se encontraba el albergue de la juventud “Villa Francescatti”. Después de estar ya más que acostumbrados a dormir en la calle, el porqué de nuestra decisión de quedarnos en el albergue, hemos de buscarlo en google images; qué palacio! En la vida he vuelto a encontrar un albergue para jóvenes de esas características, ni siquiera el cinco estrellas de Ribadisso en el Camino de Santiago Francés. Costaba 17 euros, lo cual para nuestra mermada economía era un lujo excesivo, pero el lugar lo meritaba. Y allí sería donde conoceríamos a otro de los seres etraños del viaje, pero no era el último. No me acuerdo de cómo se llamaba, pero lo que si recuerdo es queera un ex-studiante de bellas artes y un cansino de cuidado. Pero el chico estaba solo y se nos acopló.

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Dejamos las maletas y nos pegamos una reparadora ducha en los baños del segundo piso del albergue, que estaba en una de las esquinas del alazzo. Eran duchas comunales, divididas eso sí entre hombres y mujeres, y las mismas estaban rodeadas por ventanales, lo que nos procuraba la ducha con las mejores vistas que habíamos tenido en nuestras vidas.

Ya limpios nos echamos a andar y nos imbuimos en el ambiente de una de las muchas capitales del amor, siguiendo los escenarios de la obra shakespiriana; e balcón de Julieta, la casa de Romeo, la tumba de Julieta… Nos acercamos a la piazza dil mercato di Erbe, donde nuestro peculiar amigo desenrolló su libro de dibujos y nos dio una magistral clase de cómo crear tus propios recuerdos de cada lugar que visites. Resulta que en una visita a la India compró al precio de un euro, un cuaderno de dibujo, tamaño bolsillo, hecho con un papel parecido al pergamino, y lo que hacía era pararse en los monumentos y paisajes que más le agradaban a hacer un esquema en el que solo desarrollaba al completo aquellos detalles más particulares, dejando los motivos repetitivos para completarlos más adelante. Es un concepto complicado de entender, pero sumamente útil, pues hacía dibujos en 5 minutos que terminaba más tarde en el albergue.

También visitamos la Arena de Verona, y cerca esuvimos de comprar entradas para Turandot, que se representaba al día siguiente. Al final nos decantamos por ir y escuchar desde fuera con unas Morettis en mano, pues resultaba bastante más económico.

Nos fuimos pronto para el albergue, pues estábamos reventadísimos, y tras una horilla d hacer el Tonto en el jardín, subimos a la terraza a cenar una ya mítica lata de Baked Beans. La cena fue bastante curiosa, pues la cOmpartimos con el pesado de nuestro amigo y dos madrileños, a los que hoy día se les llamaría Hipsters, que estaban huyendo de un voluntariado en una granja ecológica en Nápoles donde los explotaban. Por cierto, decían de mí que tengo mucho Flow, lo cual nunca he terminado de entender. Nos fuimos a dormir y decidimos no poner despertador alguno para el día siguiente.

Amaneceríamos  eso de las doce de la mañana y tras otra preciosa ducha  continuamos con nuestra visita, subiendo al Castel San Pietro, desde donde disfrutamos de unas vistas inigualables de Verona, y dando un paseo por el teatro romano. No sé en qué momento nos pasó por la cabeza, pero divisamos una cruz negra en lo alto de un monte, junto a una edificación palaziega, y decidimos ir a ver de qué se trataba. Maldita la hora, pues estaba donde Cristo perdió el mechero, y además una anciana nos engañó para visitar el edificio, que no era más que la casa de un ex obispo de Verona que han debido santificar hace poco. En fin, una pérdida de tiempo. Sin embargo el barrio por el que bajamos era bastante bonito.

Gastamos el resto del día paseando, y cuando llegó la noche decidimos tomar una buena cena de despedida en un restaurante “bueno”, pues era nuestra penúltima noche del viaje, y la próxima no sabíamos si sería en una estación de tren, en una playa, un trozo de hierba… y tampoco teníamos muy claro si sería en Italia, Francia o Dios sabe dónde. Recuerdo que yo pedí una Pizza típica de Verona, que debía estar hecha con algo así como algas de río negras, que daban un asco que no os hacéis una idea. Pero devoramos todo, pues aunque asquerosa, era una de las pocas comidas cocinadas durante nuestro viaje.

Terminada la cena nos dirigimos de nuevo al albergue a prepararnos para un día de viaje infernal…

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